Abrió los ojos asustada. Había tenido una pesadilla, pero al mirar hacia ambos lados respiró paz. Allí estaban ellas, con sus cuerpos semidesnudos, durmiendo supuestamente felices. La pequeña en el costado izquierdo, agarrada a su brazo, y la mayor en el derecho, con las piernas entrelazadas con las suyas. Cuidadosamente las fue apartando de encima y se arrastró hasta quedar en el borde de la cama. Le gustaba observarlas mientras dormían.

En ese momento se arrepintió de haber perdido los nervios antes de que se durmieran. En ocasiones, las pequeñas se resistían a dormir, gritaban, se reían y saltaban en la cama, y ese, había sido uno de esos días. A ella no le gustaba gritar a sus hijas, no le gustaba nada, pero a veces le salía de dentro, y no lo podía evitar. O sí, quién sabe.

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