Abrió los ojos asustada. Había tenido una pesadilla, pero al mirar hacia ambos lados respiró paz. Allí estaban ellas, con sus cuerpos semidesnudos, durmiendo supuestamente felices. La pequeña en el costado izquierdo, agarrada a su brazo, y la mayor en el derecho, con las piernas entrelazadas con las suyas. Cuidadosamente las fue apartando de encima y se arrastró hasta quedar en el borde de la cama. Le gustaba observarlas mientras dormían.

En ese momento se arrepintió de haber perdido los nervios antes de que se durmieran. En ocasiones, las pequeñas se resistían a dormir, gritaban, se reían y saltaban en la cama, y ese, había sido uno de esos días. A ella no le gustaba gritar a sus hijas, no le gustaba nada, pero a veces le salía de dentro, y no lo podía evitar. O sí, quién sabe.

Bajó de la cama y fue corriendo a buscar su cámara de fotos. Había momentos que quería congelar, y la fotografía era su manera de hacerlo. Mientras buscaba el ángulo perfecto, no dejaba de pensar en todo lo que suponían sus hijas. Era como si al verlas a través del visor fuese consciente de ellas, se empapase de ellas con solo mirarlas. Con la cámara en mano, olvidaba sus gritos y los llantos de la pequeña. Olvidaba las pataletas, la resistencia y las risas de la mayor. Al fotografiarlas solo veía a sus dos pequeñas, dóciles, inocentes e indefensas, y no podía dejar de disparar. Era como si les estuviese pidiendo perdón con cada click, con cada enfoque, con cada encuadre.

Les hizo decenas de fotos, tantas como veces les pidió perdón mientras dormían. Luego dejó la cámara en su mesita de noche y se volvió a tumbar con ellas. Necesitaba estar a su lado cuando abriesen los ojos, necesitaba decirles que sentía haberles gritado, necesitaba achucharlas, necesitaba convencerse que no había hecho nada grave, solo las había querido, por un momento, de una forma distinta…