Los que me seguís en Instagram, sabréis que a finales de agosto pasamos cuatro días en el Empordà. Normalmente, nuestras visitas a esa maravillosa tierra se basaban en playa, calas, sol y buen comer. Cuando éramos más jóvenes, alquilábamos un apartamento de seis con nuestros amigos y nos metíamos 15. Con los años fuimos centrándonos y viviendo los veranos más de relax, y ahora que tenemos niñas, lo que queríamos era algo tranquilo, calma y algo de playa. Y por suerte, los abuelos se encargaron de llevarnos al sitio ideal: Ca l’Anguila.

Ca l’Anguila es una casa rural situada en la comarca del Baix Empordà, a 300 metros del precioso pueblo medieval de Peratallada. Es un municipio de interior, a escasos minutos de las playas más cercanas, pero os aseguro que a ese pueblo no le hace falta mar ni barquitos para ser de diez. Pero hoy os vengo a hablar de esa casa. No habíamos estado nunca, y la verdad es que nos encantó y no nos defraudó nada.

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Solo llegar, Pilar nos vino a recibir con una amplia sonrisa. En ese momento supe que nos íbamos a encontrar como en casa, y no me equivoqué. La masía restaurada, también se dedica a la explotación agraria de vacas lecheras y otros animales de granja, con lo que imaginad como se puso B cuando vio a los animales.

A nosotros nos ubicaron en una habitación triple, con cuna, baño, tele y aire, en la planta baja. Quedábamos un poco apartados del resto de habitaciones, que están en la parte superior, con lo que la intimidad estaba garantizada y no teníamos que sufrir por si las niñas hacían ruido o no. A pie de habitación había un salón que nos ‘afincamos’ y luego ya estaban el comedor para todos los usuarios, el salón y la cocina. Los huéspedes teníamos derecho a hacernos la cena en esa cocina, y nosotros aprovechamos la oportunidad y dos días nos la preparamos nosotros, que con las niñas no nos apetecía salir a cenar fuera.

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Lo que más nos gustó es la tranquilidad que respiramos los cuatro días. A ratos íbamos a la playa, estuvimos en Pals, St. Martí d’Empúries, l’Escala, Calella de Palafrugell y nos acercamos a la capital, la Bisbal de l’Empordà, pero la mayoría del tiempo estuvimos de relax en la masía. B se hizo la dueña de la casa, y la primera tarde ya rondaba sola como si conociese la casa de toda la vida. Íbamos cada día a ver las vacas, las gallinas, los conejos y los patos. Creo que fue lo que más le gustó.

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Jugamos a ping-pong en una de sus terrazas, nos sentamos a leer (en mi caso redes sociales) en la zona de descanso, y pasamos muchos ratos en el jardín-parque, donde B se lo pasó en grande.

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Cuando llegamos, los dueños llenaron la ‘piscina’, un antiguo lavadero reconvertido y adaptado, donde el agua estaba helada y donde no fuimos capaces de meter más que los pies. Pero la verdad es que no nos hizo falta bañarnos. Estábamos en la gloria.

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Fueron cuatro días en familia, viviendo tranquilos y disfrutando de las pequeñas cosas. Si algún día viajáis por la zona, es una súper buena opción de alojamiento. Pilar y su familia te hacen sentir como en casa, y para mí, cuando voy con las niñas, es primordial.

Si queréis ver más sobre Ca l’Anguila, pinchad aquí.

Un abrazo, hasta el viernes!